William Shakespeare
Ni el alma profética del mundo
soñando el porvenir, ni mis temores,
pueden a mi amor fijar un plazo
que lo encierre en destino limitado.
Su eclipse resistió la mortal luna
y burlase el augur de su presagio:
lo incierto se corona de certeza,
la paz proclama eternos sus olivos.
El rocío de esta época fragante
renueva mi amor, y aun la muerte
es vencida por mis humildes rimas
aunque en tribus obtusas cause estragos:
y en ellas tendrás tu monumento
cuando tumbas de bronce hayan caído.
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